El pasado semestre tuve el Folio algo desactualizado. Como no lo necesité para entregar proyectos, lo descuidé más de lo que me habría gustado. Hoy quiero retomarlo y actualizarlo como se merece. Y qué mejor manera de hacerlo que compartiendo un momento importante para mí: este año cumplo 20 años como diseñador.
Recuerdo perfectamente mi primer trabajo en el sector. Desde entonces, han pasado dos décadas de proyectos, aprendizajes, cambios de contexto y evolución profesional.
Para conmemorar este aniversario he creado un logo especial: un 20 + una C. La C siempre ha sido parte de mi identidad profesional. Viene de Ciscu, mi nombre, y durante años me cansé de repetir que se escribía con C. Hasta que decidí resignificar esa insistencia y convertirla en mi sello. Desde entonces, esa letra me ha acompañado en todas mis etapas: en estudios y agencias, en mi etapa como freelance con Ciscu Design y también durante los años al frente deCrece Agency. Con el tiempo, dejó de ser una simple inicial para convertirse en un elemento estructural de mi identidad como diseñador.
Cumplir 20 años no significa cerrar un ciclo, sino todo lo contrario: cuanto más recorrido acumulo, más consciente soy de todo lo que me queda por aprender, explorar y mejorar. El diseño sigue siendo, para mí, un proceso constante de crecimiento.
Para quienes queráis conocer mejor mi trayectoria, adjunto al final de esta entrada una selección de trabajos realizados a lo largo de estos últimos 20 años.
Empiezo así una nueva etapa de actualización más activa de mi Folio. Seguimos.
Quiero empezar con una frase que se ha convertido en un mantra para mí: «Simple es inteligente». Todo mi trabajo se rige por esta norma del «menos es más». No hay nada más complejo en el diseño que lograr lo justo y necesario, sin ningún exceso.
Por otro lado, también quiero aprovechar esta primera entrada para que me conozcáis un poco mejor. Como habéis leído, me llamo Ciscu (Francisco). Nací en Badalona, pero desde hace unos años vivo en Valladolid, donde me casé y formé mi familia. Tengo dos hijas y dos gatos, que mantienen la casa llena de energía, vamos que no tengo tiempo para aburrirme.
Soy un apasionado de la música, especialmente del rock y el indie español. También me encanta el deporte, tanto practicarlo como verlo, y, por supuesto, soy del Barça. Además, el cine y el arte son dos de mis grandes pasiones.
Estudié Diseño Gráfico en la Escuela Pau Gargallo de Badalona, donde cursé un módulo de grado superior y estudios superiores de diseño. Llevo más de veinte años en el mundo del diseño, trabajando en agencias, como freelance e incluso dirigiendo mi propia agencia: Crece Agency. Tras vender la empresa a un grupo corporativo, sigo formando parte de ella como CMO.
En mi agencia nos especializábamos en la creación de identidades corporativas, diseño web y gestión de marketing online para medianas y grandes empresas. Hemos trabajado mucho con WordPress, aunque también domino otros CMS como Drupal, Joomla, Shopify o Prestashop.
Actualmente, me he propuesto un nuevo objetivo: ser profesor. Este grado es el primer paso para lograrlo, y estoy entusiasmado por todo lo que voy a aprender en el camino.
P.D.: La fotografía es un autorretrato mío de cuando viví en Inglaterra. Y la «imagen de portada» hace referencia a uno de mis signos de identidad: la letra «C», ya que me he pasado media vida diciendo que Ciscu se escribe con «C». 😉
Reto 1. La antropología en el diseño: «juego de los objetos«
1. Introducción
¡Hola todos! Os presento mi propuesta para el primer reto de la asignatura antropología del diseño, para el cual debíamos hacer «un juego de los objetos» y escoger uno para luego poder analizarlo.
Mi primera elección fue una silla, pero al repasar los contenidos de la asignatura y ver que era el ejemplo que se usaba, decidí buscar otro objeto. Antes de hablar de él, sin embargo, quería explicar por qué pensé en la silla. Siempre me ha parecido un objeto interesantísimo, en el que los seres humanos realizamos tareas muy dispares: descansar, socializar, estudiar, jugar, etc. Además, la silla era el eje central de un logotipo que diseñé para mi escuela de Diseño, en su cuadragésimo aniversario: la Escuela Pau Gargallo de Badalona. Por otro lado, este objeto también tuvo mucho peso en mi primer semestre en la UOC, ya que fue el que rediseñé para que fuera multinacional, inclusivo e intergeneracional.
Logo del 40 aniversario de la Escuela de Arte y Superior de Diseño Pau Gargallo
Descartada la silla, escogí un objeto muy representativo de mi día a día y de una de mis aficiones, la cocina: el tenedor. La primera imagen que me viene a la cabeza es una escena icónica de mi infancia: la gaviota de La Sirenita con el «cachivache» que, según ella, era un objeto que los humanos utilizaban para peinarse. Sorprendentemente, es el mismo ejemplo que aparece en los contenidos, pero no he querido cambiarlo. Creo que esta coincidencia tiene que ser por algo; lo de la silla tiene un pase, pero coincidir también en esto ya me parece brujería.
DUO: Silla intergeneracional y modular
¿Por qué he escogido este objeto? Haciendo un escaneo mental rápido, creo que es un objeto culturalmente muy rico: con él puedes catalogar el estatus y el poder adquisitivo de las personas. Por otro lado, aunque es un objeto funcional, también puede ser expositivo, ya que algunos están hechos con materiales nobles de gran valor, y poseerlos otorga distinción a quien los tiene. Así que, históricamente, podemos considerar el tenedor un objeto de lujo y no una herramienta cotidiana.
Por otro lado, el material con el que está hecho también es importante. Antiguamente definía también el estatus: no era lo mismo un tenedor de oro, que poseían los reyes, que uno de madera, que utilizaba la plebe. Pero en la actualidad su material está muy ligado a la sostenibilidad del planeta. Durante el «boom» de los plásticos abundaban los tenedores de un solo uso, pero con el tiempo su uso se ha ido reduciendo poco a poco, ya que no eran buenos ni para el planeta ni para nuestro organismo. Esta reducción nos llevó de vuelta al pasado, y ahora los tenedores desechables de madera están volviendo a ganar terreno.
Por último, a nivel histórico es un objeto relativamente nuevo en occidente: aunque los primeros tenedores se relacionan con reyes franceses de los siglos XV y XVI, y con el rey español Felipe III en el siglo XVII, su uso era exclusivo de las élites. No fue hasta el siglo XIX cuando se generalizó entre la población, aunque ya existen referencias del siglo XIV de sus antecesores, pinchos y ganchos que se utilizaban para trinchar la carne. Y a nivel cultural, aunque vivimos en una cultura de globalización, hay regiones donde su uso no está tan extendido: en Asia sigue siendo más común comer con palillos, y en otros países, como la India o el mundo árabe, está bien visto comer con las manos, pues lo consideran una conexión espiritual con la comida.
Escena de la Sirenita
2. El tenedor y yo
Mi relación con el objeto se podría decir que va creciendo poco a poco, ya que cocinar se ha convertido en uno de mis nuevos pasatiempos, y cada vez pongo más interés en ello asistiendo a cursos, viendo videotutoriales, etc. Pero mi primera toma de contacto con el tenedor quizás la asemejo más a mi infancia, cuando mis padres me asignaban la tarea de poner la mesa, un ritual lleno de orden y que me evoca nostalgia cuando mis hijas lo repiten hoy en día.
Por otro lado, mi experiencia con el objeto tiene un punto de inflexión cuando estuve trabajando muchos meses en el restaurante de un hotel de cinco estrellas en Inglaterra. En esta ocasión, el objeto formaba parte de un estricto protocolo que debía seguirse al pie de la letra, algo esencial para el «ethnos» (los ingleses más nobles). En el restaurante inglés el tenedor debía cumplir una serie de requisitos: debía estar impecable, siempre se le sacaba brillo a mano, no debía estar muy usado (los viejos se dejaban para ser utilizados por los trabajadores) y por último debía estar posicionado a la izquierda del plato y con las puntas hacia arriba, y siempre se disponían varios tenedores en función del menú (entrante, primer plato y segundo plato), colocados de fuera hacia dentro, de acuerdo con el orden de consumo de los platos. Y por supuesto cada tenedor era diferente en función de la comida: uno para entrantes y ensaladas, otro para pescado, otro para carnes y, si el postre lo requería, se debía colocar otro en la parte superior del plato de forma horizontal, con las puntas hacia la derecha. Esta experiencia me evoca disciplina, orden y jerarquización.
Típica mesa británica
Años después, trabajé esporádicamente en el restaurante de un familiar cuando necesitaba ayuda, aunque normalmente ayudaba con todo lo relacionado con el diseño y la comunicación (identidad del local, diseño de aplicaciones, mantenimiento de la web, etc.), cuando hacía falta un camarero que montara las mesas o recogiera y lavara los platos allí estaba yo. No tenía nada que ver con mi anterior experiencia en el sector, ya que era un restaurante para gente trabajadora, de un estatus social menos elevado, y por lo tanto con un protocolo social menos exigente. Esta experiencia me evoca una sensación muy positiva de colaboración y apoyo. Y al formar parte del colectivo, me ayudó a entender el restaurante desde dentro, dándome una visión mucho más real.
Restaurante Tirati Tiriti
Por otro lado, a nivel de trabajo como diseñador, he tenido la suerte de tener como clientes a muchos restaurantes, a los que he ayudado con su branding y aplicaciones gráficas, tanto digitales como físicas.
Por último, en mi etapa actual, el tenedor ha pasado a tener un papel muy importante también en la preparación de los platos, no solo en su degustación. Cocinar se ha convertido en un espacio de calma y de aprendizaje para mí, un momento en el que desconecto y experimento. En ese contexto, el tenedor ya no es solo el objeto que uso para comer, sino una herramienta creativa: para probar texturas, para emplatar, para remover. Esta etapa me evoca curiosidad, creatividad y relax, y encuentro muchos paralelismos con mi trabajo como diseñador, ya que en ambos casos el proceso es tan importante como el resultado, y el error forma parte del aprendizaje.
3. Forma, función y sociedad
El tenedor es un utensilio compuesto por un mango y una cabeza con púas, generalmente de dos a cuatro, diseñadas para pinchar, sostener y llevar los alimentos a la boca. Su forma es simple pero eficaz, y apenas ha variado en siglos.
Pero antes de hablar del tenedor como lo conocemos hoy, hay que mirar atrás. Como mencioné en la introducción, sus predecesores fueron los pinchos y ganchos utilizados para trinchar la carne. Eran utensilios más simples que respondían a una necesidad básica: no quemarse ni mancharse al manejar los alimentos. En este sentido, la necesidad universal que satisface el tenedor no es solo alimentarse, sino hacerlo con higiene, evitando el contacto directo de las manos con la comida. A lo largo del tiempo, esta necesidad ha adquirido un componente médico y sanitario, especialmente desde el desarrollo de la medicina moderna y la conciencia sobre la transmisión de enfermedades.
Sin embargo, ver el tenedor solo como una herramienta higiénica es demasiado limitado. Las prácticas sociales que lo rodean van mucho más allá de simplemente alimentarse. Comer no es solo un acto biológico; es una ceremonia cultural. La mesa se convierte en un lugar de encuentro, conversación, celebración y también jerarquía. Compartir una comida es uno de los rituales más universales de la humanidad. El tenedor, junto con el resto de la vajilla, forma parte del escenario de ese ritual. En las culturas occidentales, la disposición de los cubiertos, el orden en que se usan, e incluso su calidad y material, comunican mucho sobre el contexto social en el que estamos. No es lo mismo una comida familiar un domingo que una cena de negocios o un banquete de bodas.
4. El tenedor a través del tiempo y la cultura
Como iniciaba el anterior punto, donde describía el objeto, dejaba claro que el tenedor es un objeto que apenas necesita presentación, pero es precisamente en esta aparente simplicidad donde encontramos su riqueza (siempre, menos es más en el diseño), ya que pequeñas variaciones en su forma nos hablan de contextos culturales y sociales muy distintos. Por ejemplo, no es lo mismo un tenedor de fondue, largo y con dos púas para pinchar sin quemarse, que uno de postre, más pequeño y delicado, o el de ensalada, más ancho y robusto. Cada variación responde a una práctica social concreta, y su diseño lo refleja.
A nivel simbólico, el tenedor siempre ha sido un marcador de distinción. Como comentaba en la introducción, históricamente su material lo decía todo de él: por ejemplo, el oro y la plata eran exclusivos de la nobleza, mientras la plebe comía con las manos o con utensilios de madera. Con la industrialización llegó el acero inoxidable, un material al alcance de todos, pero que también hizo desaparecer parte de ese valor simbólico, que de cierta manera ordenaba las clases sociales. En la actualidad, paradójicamente estamos volviendo a materiales nobles como el titanio o el acero de alta gama, que recuperan esa función de distinción en un mercado donde el diseño y la calidad vuelven a ser un signo de estatus.
La evolución de sus materiales también refleja los valores de cada época. Como apuntaba antes, durante el boom del plástico el tenedor desechable fue el símbolo de la modernidad y la comodidad. Hoy ese mismo objeto nos genera rechazo, y su reducción es un reflejo de una conciencia medioambiental que ha cambiado nuestra relación con los objetos cotidianos. Y como también apuntaba, esto nos ha llevado de vuelta a la madera, aunque en mi etapa actual, como he explicado en el apartado anterior, incluso ese material se cuestiona por su porosidad y la acumulación de bacterias. El tenedor, en definitiva, es un termómetro de los valores de cada momento histórico.
Y luego está la dimensión intercultural, que quizás es la más fascinante. En Asia, los palillos no son solo un utensilio alternativo, son una extensión de la cultura, la historia y la identidad de sus pueblos. En la India o en el mundo árabe, comer con las manos no es una falta de refinamiento sino todo lo contrario: una conexión directa y espiritual con el alimento, algo que ya mencionaba brevemente en la introducción y que merece ser subrayado aquí. Desde nuestra perspectiva occidental puede sorprender, pero dice mucho de cómo cada cultura construye sus propios rituales en torno a algo tan universal como alimentarse. El tenedor, en este sentido, no es más que una solución cultural entre muchas posibles.
Tipos de tenedores
5. Diseño, antropología y cultura
Después de analizar el tenedor desde su historia, sus materiales, sus usos y mis propias experiencias con él, resulta evidente que no es solo un utensilio funcional. Es un objeto profundamente cultural. Y es precisamente en ese punto donde se cruzan el diseño y la antropología.
Si miramos el tenedor desde la antropología, lo situamos en su contexto histórico y social. Nos preguntamos quién lo utilizaba, qué material tenía, qué estatus representaba y cómo organizaba las relaciones en la mesa. Entendemos que no siempre fue un objeto cotidiano, que durante siglos fue símbolo de distinción y que todavía hoy su forma de uso varía según la cultura. La antropología observa, interpreta y contextualiza. Se mueve entre el pasado y el presente para comprender cómo hemos construido estos significados.
Desde el diseño, en cambio, la mirada cambia. No solo analizamos lo que el tenedor ha sido, sino lo que puede llegar a ser. Como señala Ton Otto, «el diseño no se limita a analizar situaciones existentes, sino que propone transformaciones mediante la creación de nuevas posibilidades». El diseño actúa, interviene y proyecta hacia el futuro. Si hoy cuestionamos los materiales por motivos medioambientales o replanteamos su ergonomía, estamos diseñando desde esa anticipación. No partimos de certezas absolutas, sino que trabajamos con hipótesis, pruebas y ajustes. El error forma parte del proceso.
«La antropología nos permite entender de dónde viene el tenedor y qué significados ha acumulado. El diseño, en cambio, nos permite preguntarnos hacia dónde puede ir.»
A partir de los años setenta, tal como cita Otto, los diseñadores comenzaron a reconocer el valor de los datos etnográficos para comprender mejor las necesidades reales de las personas. En el caso del tenedor, esto significa entender no solo cómo se usa, sino qué representa, qué rituales transmite y qué valores incorpora. Diseñar sin tener en cuenta esa dimensión cultural sería reducirlo a pura función.
Si comparamos los roles, también encontramos diferencias. El antropólogo adopta una posición horizontal frente a las comunidades que estudia. El diseñador, especialmente en enfoques contemporáneos, trabaja desde la colaboración y la co-creación. Diseñamos para la gente y creamos con la gente. Para ello es imprescindible comprender sus prácticas y su contexto, es decir, su cultura.
La cultura se comparte, se adapta y se integra hasta parecer natural. El uso del tenedor nos resulta casi instintivo, pero en realidad es una construcción cultural aprendida. En otras sociedades, como ya he mencionado, se utilizan palillos o directamente las manos, y eso no implica mayor o menor refinamiento, sino otra forma de entender la relación con la comida. El objeto, por tanto, no es neutro.
Esto se observa claramente en proyectos como «Cross Cultural Chairs Launching», donde una misma tipología adopta significados distintos según el contexto cultural. Lo mismo ocurre con el tenedor. Su forma puede parecer universal, pero sus valores y usos no lo son. Los objetos portan información sobre las sociedades que los producen y los utilizan.
Esta misma lógica se aplica al «service design». Un servicio, como un objeto, solo funciona de verdad cuando es coherente con la cultura de quienes lo usan. Diseñar ignorando ese contexto, ya sea un tenedor o una experiencia de usuario, es diseñar a medias.
En conclusión, la antropología nos permite entender de dónde viene el tenedor y qué significados ha acumulado. El diseño, en cambio, nos permite preguntarnos hacia dónde puede ir. Ambos campos se encuentran en la cultura, que no es un añadido al diseño, sino su punto de partida.
El tenedor ha resultado ser mucho más que un utensilio: un marcador de estatus, un termómetro cultural, un objeto con siglos de historia detrás. ¿Os ha sorprendido algo de lo que habéis leído? ¿Y vosotros, qué objeto habéis escogido y qué os ha revelado sobre vuestra propia cultura? Abro el debate, me muero de curiosidad por descubrir vuestras elecciones.
Entre hacer y conocer: Seis textos sobre antropología del diseño y antropología visual (Antología), Ton Otto con Rachel Charlotte Smith y Mette Gislev Kjærsgaard. Online en https://librosoa.unam.mx/handle/123456789/3384
Quiero continuar con la actualización de mi Folio subiendo un proyecto que realicé en mi primer semestre del Grado en la UOC. Se trata de la silla DUO, un ejercicio desarrollado en la asignatura Diseño centrado en las personas, donde exploré por primera vez el diseño de producto desde una perspectiva intergeneracional.
En su momento ya publiqué el proyecto completo en mi Folio, documentando el proceso de análisis, el estudio comparativo entre el cuerpo infantil y adulto, el rediseño a partir de la silla KRITTER de IKEA y la construcción del prototipo a escala 1:1. DUO nacía como una propuesta modular y apilable que buscaba eliminar la barrera física entre generaciones mediante una solución formal sencilla: un único módulo capaz de adaptarse tanto a niños como a adultos gracias a su sistema de superposición imantada.
Posteriormente, decidí dar un paso más y presentar el proyecto a los Premios MINI de Diseño de MINI. Este proceso no implicó cambios sustanciales en el concepto ni en la solución formal, pero sí supuso un ejercicio importante de síntesis, narrativa y dirección visual.
Para la presentación trabajé especialmente en:
La mejora de la narrativa del proyecto, reforzando su dimensión relacional y su enfoque intergeneracional.
El rediseño completo de las gráficas explicativas, clarificando proporciones, medidas y comparativas corporales.
La incorporación de nuevos renders y visualizaciones que muestran con mayor precisión el sistema modular y las configuraciones apiladas.
Una maquetación más sólida y coherente, pensada como pieza editorial autónoma y no solo como panel académico.
Este ejercicio me permitió revisar el proyecto con distancia crítica, depurar su comunicación y llevarlo a un nivel más profesional en términos de presentación. Más allá del resultado del certamen, el aprendizaje estuvo en entender cómo un mismo proyecto puede evolucionar cuando cambia el contexto de exhibición: de entrega académica a propuesta presentada en un entorno de convocatoria externa.
Comparto aquí también esta versión revisada, que considero una evolución natural de la DUO original y un paso más en mi transición del diseño gráfico al diseño de producto con enfoque humano y sistémico.
En esta entrada presento el resultado final de la Práctica 2, centrada en el rediseño de un objeto cotidiano desde una perspectiva intergeneracional, ergonómica y lúdica. Para ello tomé como punto de partida la silla infantil KRITTER de IKEA, observando sus usos reales en el entorno doméstico y analizando sus limitaciones en contextos de interacción compartida entre niños, adultos y personas mayores.
A partir de esta investigación, desarrollé DUO, una silla modular y multifuncional diseñada para adaptarse a distintas edades, cuerpos y momentos de juego. En el panel de síntesis muestro cómo evolucionó la propuesta, cómo resolví aspectos ergonómicos clave mediante un sistema de apilado magnético y cómo el prototipo me permitió detectar mejoras en seguridad y estabilidad.
La práctica me ha permitido profundizar en el diseño centrado en las personas, repensando un objeto simple para convertirlo en una herramienta de encuentro, convivencia y juego compartido.
Os adjunto el proyecto completo, por si alguien quiere saber más de este rediseño.
En este vídeo presento el resultado final de la maqueta que he realizado para la Práctica 1, centrada en rediseñar un acceso escolar inseguro desde una mirada intergeneracional y lúdica. El proyecto parte de la observación directa del entorno y del comportamiento de las personas, especialmente familias con niños, durante los horarios de entrada y salida del colegio.
A lo largo del vídeo muestro cómo la maqueta me ha ayudado a entender mejor la escena, detectar los principales conflictos de uso y representar de forma clara una propuesta de rediseño más accesible, segura y divertida. También hago una pequeña reflexión autocrítica sobre el proceso, los retos que me encontré y cómo fui resolviéndolos.
Para quienes quieran profundizar más en el proyecto, adjunto el informe completo con todo el desarrollo del trabajo, desde la observación inicial hasta la propuesta final.