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Reto 2. Abrir el diseño a la comunidad: Fase 2

Fase 2: El Kit de Campo.

Dime

Qué es la etnografía y qué técnicas utiliza

La etnografía es una forma de investigar, que consiste en acercarse a una comunidad para observarla, escucharla y entenderla desde dentro, sin llegar con ideas preconcebidas. No se trata de aparecer con un cuestionario cerrado y recoger respuestas, sino de dejarse transformar por lo que se encuentra, como apuntaba el juego del laberinto con el que empezamos el curso. El etnógrafo observa y participa al mismo tiempo, y este equilibrio entre estar dentro y estar fuera es lo que le permite ver cosas que los propios miembros de la comunidad no ven porque las dan por supuestas. Lins-Ribeiro lo llama extrañamiento, y lo describe como la herramienta más valiosa del antropólogo.

Las técnicas que utiliza la etnografía son básicamente observar, escuchar, preguntar y registrar. Más concretamente hablamos de observación participante, conversaciones y entrevistas abiertas, análisis de documentos y artefactos, y el diario de campo donde el investigador apunta no solo lo que ve sino también lo que siente y piensa. Y hoy en día todo esto se puede hacer también en entornos digitales, donde muchas comunidades viven y se relacionan tanto o más que en persona.

Fuentes de información

Mi campo es híbrido porque DIME también lo es. Existen encuentros presenciales como las jornadas Meseta Crew pero también en Discord (de forma interna), en Instagram, en Linkedin y en su web (de forma externa). Así que mis fuentes irán en la misma línea.

Primero de todo, en referencia al plano digital tengo varias fuentes que se complementan bien entre sí. Discord es donde la comunidad habla en el día a día, así que podré observar de qué hablan, cómo lo hacen y con qué frecuencia me va a decir mucho de cómo funciona esto por dentro. Por otro lado están las redes sociales de DIME y de cada uno de sus miembros que me permitirán ver qué proyectos comparten, cómo los presentan y qué respuesta generan. Ya he empezado a seguirlos nada más hacerme socio, fue casi un reflejo, una forma de cotillear antes de presentarme. La web y la prensa me darán la imagen pública y oficial de la asociación, que luego podré comparar con lo que vaya descubriendo desde dentro. Esa diferencia entre lo que una comunidad dice que es y lo que realmente hace en el día a día siempre es reveladora.

En cuanto al plano presencial, mis fuentes principales serán las conversaciones informales en persona, durante la futura jornada dedicada al diseño de Valladolid, y en los encuentros que tengo pendientes, por Whatsapp o videollamada. No quiero empezar con entrevistas formales, prefiero que fluya de forma natural como ya pasó con Félix. Las preguntas que más me interesan son dónde se formaron, cómo se conocieron, cómo surgió la idea de juntarse, cómo funciona el ecosistema, si se pasan clientes, si colaboran en proyectos y si se ayudan entre ellos a mejorar el trabajo. Precisamente estos días ha surgido la oportunidad de asistir a un evento presencial al que me he ofrecido voluntario, ya que es una oportunidad idónea, primero para conocer a la comunidad en persona y tener una primera toma de contacto, y para el proyecto, puedo aprovechar la situación para empezar mi estudio de campo.

Por último, en cuanto al Kit de campo que necesito, es bastante sencillo. Primero el ordenador es la herramienta central para todo lo digital. Los pantallazos me permiten capturar publicaciones, conversaciones o noticias antes de que desaparezcan. Un bloc de notas o Excel para ir apuntando urls, comentarios e impresiones de forma ordenada. Después también utilizaré una libreta física para el trabajo presencial, para apuntar en el momento sin depender de la batería del móvil. También puedo usar móvil o mi cámara réflex para fotografiar contextos o momentos en las jornadas. Y por último, el diario etnográfico para procesar con calma todo lo anterior, conectar lo que voy viendo con las lecturas del curso y registrar también mis propias reacciones. Como apuntan Smith y Otto, el conocimiento no surge solo de observar sino de pensar sobre lo que se observa.

Nota ética

Mi situación en el campo es un poco peculiar porque los miembros de DIME me ven como un compañero, no como alguien que los está investigando. Eso me abre muchas puertas pero también me obliga a ser cuidadoso. Ser transparente sobre mi doble rol si viene al caso, respetar lo que se habla en los espacios internos y no usar lo que aprenda para sacar ventaja profesional. El código deontológico de READ que DIME comparte y que yo también he aceptado al asociarme es un buen punto de partida para guiar esa conducta.

 

Referencias

Reto 2. Abrir el diseño a la comunidad: Fase 1

Fase 1: Definir la comunidad.

DIME

 

Hace unos años me vine a vivir a Valladolid desde Barcelona, donde había trabajado primero como freelance y luego en mi propia agencia. Actualmente, quiero reactivarme como profesional en mi nueva ciudad, para ello, lo primero que hice fue intentar entender el ecosistema local. Empecé buscando las mejores agencias de Castilla y León, y di con Pobrelavaca, una agencia de Valladolid que me encantó. Cuando vi su portfolio me di cuenta de que ya conocía su trabajo sin saberlo. Mi mujer y yo vamos cada año a la Seminci (Festival de cine internacional de Valladolid), cuya identidad visual es suya, y por otro lado, Peñafiel, el pueblo de mi madre, también lleva su firma. Si saberlo era una agencia que ya formaba parte de mi vida antes de conocerla.

Un vecino me dijo que los conocía, contacté con Félix Rodríguez por linkedin (el copropietario de la agencia), hablamos por whatsapp, le expliqué mi situación y me recomendó asociarme a DIME, Diseño de la Meseta. Justamente, la semana pasada me hice socio, y nada más hacerlo lo primero que hice fue ponerme a cotillear al resto de miembros de la comunidad en redes. Quería saber qué hacían, cómo lo hacían, qué proyectos tenían, qué les interesaba. Fue un impulso casi instintivo, una forma de empezar a observar antes incluso de presentarme.

DIME es la única asociación de diseñadores y creativos de Castilla y León. Nació hace pocos años, en 2022, con la idea de coser una red que no existía, de unir a profesionales que trabajan muchas veces en soledad, desde ciudades medianas o desde zonas casi rurales, y de poner en valor el diseño como herramienta de transformación del territorio. Es una comunidad joven, con alrededor de cuarenta socios, dispersa geográficamente pero unida digitalmente a través de Discord, con jornadas presenciales anuales llamadas Meseta Crew, y conectada a nivel nacional con READ, la Red Española de Asociaciones de Diseño.

Precisamente READ fue otro de los factores que me animó a dar el paso a formar parte de la comunidad. El año pasado, en la asignatura de ética en el diseño, conocí su código deontológico, y cuando vi que DIME lo compartía y lo exigía a sus socios, me pareció algo muy positivo. No era solo una red de contactos, eran profesionales con una ética detrás muy similar a la mía.

Desde el punto de vista del extrañamiento que propone Lins-Ribeiro, mi situación es curiosa. Soy diseñador, así que el lenguaje me es familiar, pero esta comunidad concreta me es completamente nueva. No conozco a sus miembros en persona, no sé cómo funciona la red en la práctica, no sé qué significa hacer diseño desde «la meseta». Vengo de Barcelona, con otra cultura profesional, y prácticamente acabo de llegar. Eso me da una posición parecida a la del antropólogo que describe Lins-Ribeiro: ni nativo del todo ni extranjero del todo.

Aquí es donde quiero ser especialmente cuidadoso desde el punto de vista ético. Vengo de un ecosistema muy concreto y con una trayectoria determinada, y sería fácil caer en la trampa de comparar lo que encuentre aquí con lo que conocí allí. Pero Barcelona y Castilla y León son contextos diferentes, con historias diferentes, con mercados diferentes y con maneras de entender la profesión que no tienen por qué medirse con el mismo rasero. Son, en términos antropológicos, etnos distintos. Mi objetivo no es evaluar ni comparar, sino entender. Escuchar primero, como decía el juego del laberinto, y dejarme transformar por lo que encuentre.

El acceso al campo es real y variado. Tengo contacto con los socios a través de Discord, sigo sus redes sociales y su web, tengo pendiente una jornada presencial en Valladolid y algunos encuentros informales con miembros. La comunidad me ha aceptado como socio, así que hay un consentimiento y una apertura desde el principio.

 

Referencias

 

Reto 1. La antropología en el diseño

Reto 1. La antropología en el diseño: «juego de los objetos«

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1. Introducción

¡Hola todos! Os presento mi propuesta para el primer reto de la asignatura antropología del diseño, para el cual debíamos hacer «un juego de los objetos» y escoger uno para luego poder analizarlo. 

Mi primera elección fue una silla, pero al repasar los contenidos de la asignatura y ver que era el ejemplo que se usaba, decidí buscar otro objeto. Antes de hablar de él, sin embargo, quería explicar por qué pensé en la silla. Siempre me ha parecido un objeto interesantísimo, en el que los seres humanos realizamos tareas muy dispares: descansar, socializar, estudiar, jugar, etc. Además, la silla era el eje central de un logotipo que diseñé para mi escuela de Diseño, en su cuadragésimo aniversario: la Escuela Pau Gargallo de Badalona. Por otro lado, este objeto también tuvo mucho peso en mi primer semestre en la UOC, ya que fue el que rediseñé para que fuera multinacional, inclusivo e intergeneracional.

Logo del 40 aniversario de la Escuela de Arte y Superior de Diseño Pau Gargallo

Logo del 40 aniversario de la Escuela de Arte y Superior de Diseño Pau Gargallo

 

Descartada la silla, escogí un objeto muy representativo de mi día a día y de una de mis aficiones, la cocina: el tenedor. La primera imagen que me viene a la cabeza es una escena icónica de mi infancia: la gaviota de La Sirenita con el «cachivache» que, según ella, era un objeto que los humanos utilizaban para peinarse. Sorprendentemente, es el mismo ejemplo que aparece en los contenidos, pero no he querido cambiarlo. Creo que esta coincidencia tiene que ser por algo; lo de la silla tiene un pase, pero coincidir también en esto ya me parece brujería.

 

DUO: Silla intergeneracional y modular

DUO: Silla intergeneracional y modular

¿Por qué he escogido este objeto? Haciendo un escaneo mental rápido, creo que es un objeto culturalmente muy rico: con él puedes catalogar el estatus y el poder adquisitivo de las personas. Por otro lado, aunque es un objeto funcional, también puede ser expositivo, ya que algunos están hechos con materiales nobles de gran valor, y poseerlos otorga distinción a quien los tiene. Así que, históricamente, podemos considerar el tenedor un objeto de lujo y no una herramienta cotidiana.

Por otro lado, el material con el que está hecho también es importante. Antiguamente definía también el estatus: no era lo mismo un tenedor de oro, que poseían los reyes, que uno de madera, que utilizaba la plebe. Pero en la actualidad su material está muy ligado a la sostenibilidad del planeta. Durante el «boom» de los plásticos abundaban los tenedores de un solo uso, pero con el tiempo su uso se ha ido reduciendo poco a poco, ya que no eran buenos ni para el planeta ni para nuestro organismo. Esta reducción nos llevó de vuelta al pasado, y ahora los tenedores desechables de madera están volviendo a ganar terreno.

Por último, a nivel histórico es un objeto relativamente nuevo en occidente: aunque los primeros tenedores se relacionan con reyes franceses de los siglos XV y XVI, y con el rey español Felipe III en el siglo XVII, su uso era exclusivo de las élites. No fue hasta el siglo XIX cuando se generalizó entre la población, aunque ya existen referencias del siglo XIV de sus antecesores, pinchos y ganchos que se utilizaban para trinchar la carne. Y a nivel cultural, aunque vivimos en una cultura de globalización, hay regiones donde su uso no está tan extendido: en Asia sigue siendo más común comer con palillos, y en otros países, como la India o el mundo árabe, está bien visto comer con las manos, pues lo consideran una conexión espiritual con la comida.

 

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Escena de la Sirenita

 

2. El tenedor y yo

Mi relación con el objeto se podría decir que va creciendo poco a poco, ya que cocinar se ha convertido en uno de mis nuevos pasatiempos, y cada vez pongo más interés en ello asistiendo a cursos, viendo videotutoriales, etc. Pero mi primera toma de contacto con el tenedor quizás la asemejo más a mi infancia, cuando mis padres me asignaban la tarea de poner la mesa, un ritual lleno de orden y que me evoca nostalgia cuando mis hijas lo repiten hoy en día.

Por otro lado, mi experiencia con el objeto tiene un punto de inflexión cuando estuve trabajando muchos meses en el restaurante de un hotel de cinco estrellas en Inglaterra. En esta ocasión, el objeto formaba parte de un estricto protocolo que debía seguirse al pie de la letra, algo esencial para el «ethnos» (los ingleses más nobles). En el restaurante inglés el tenedor debía cumplir una serie de requisitos: debía estar impecable, siempre se le sacaba brillo a mano, no debía estar muy usado (los viejos se dejaban para ser utilizados por los trabajadores) y por último debía estar posicionado a la izquierda del plato y con las puntas hacia arriba, y siempre se disponían varios tenedores en función del menú (entrante, primer plato y segundo plato), colocados de fuera hacia dentro, de acuerdo con el orden de consumo de los platos. Y por supuesto cada tenedor era diferente en función de la comida: uno para entrantes y ensaladas, otro para pescado, otro para carnes y, si el postre lo requería, se debía colocar otro en la parte superior del plato de forma horizontal, con las puntas hacia la derecha. Esta experiencia me evoca disciplina, orden y jerarquización.

 

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Típica mesa británica

Años después, trabajé esporádicamente en el restaurante de un familiar cuando necesitaba ayuda, aunque normalmente ayudaba con todo lo relacionado con el diseño y la comunicación (identidad del local, diseño de aplicaciones, mantenimiento de la web, etc.), cuando hacía falta un camarero que montara las mesas o recogiera y lavara los platos allí estaba yo. No tenía nada que ver con mi anterior experiencia en el sector, ya que era un restaurante para gente trabajadora, de un estatus social menos elevado, y por lo tanto con un protocolo social menos exigente. Esta experiencia me evoca una sensación muy positiva de colaboración y apoyo. Y al formar parte del colectivo, me ayudó a entender el restaurante desde dentro, dándome una visión mucho más real.

 

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Restaurante Tirati Tiriti

 

Por otro lado, a nivel de trabajo como diseñador, he tenido la suerte de tener como clientes a muchos restaurantes, a los que he ayudado con su branding y aplicaciones gráficas, tanto digitales como físicas.

Por último, en mi etapa actual, el tenedor ha pasado a tener un papel muy importante también en la preparación de los platos, no solo en su degustación. Cocinar se ha convertido en un espacio de calma y de aprendizaje para mí, un momento en el que desconecto y experimento. En ese contexto, el tenedor ya no es solo el objeto que uso para comer, sino una herramienta creativa: para probar texturas, para emplatar, para remover. Esta etapa me evoca curiosidad, creatividad y relax, y encuentro muchos paralelismos con mi trabajo como diseñador, ya que en ambos casos el proceso es tan importante como el resultado, y el error forma parte del aprendizaje.

 

3. Forma, función y sociedad

El tenedor es un utensilio compuesto por un mango y una cabeza con púas, generalmente de dos a cuatro, diseñadas para pinchar, sostener y llevar los alimentos a la boca. Su forma es simple pero eficaz, y apenas ha variado en siglos.

Pero antes de hablar del tenedor como lo conocemos hoy, hay que mirar atrás. Como mencioné en la introducción, sus predecesores fueron los pinchos y ganchos utilizados para trinchar la carne. Eran utensilios más simples que respondían a una necesidad básica: no quemarse ni mancharse al manejar los alimentos. En este sentido, la necesidad universal que satisface el tenedor no es solo alimentarse, sino hacerlo con higiene, evitando el contacto directo de las manos con la comida. A lo largo del tiempo, esta necesidad ha adquirido un componente médico y sanitario, especialmente desde el desarrollo de la medicina moderna y la conciencia sobre la transmisión de enfermedades.

Sin embargo, ver el tenedor solo como una herramienta higiénica es demasiado limitado. Las prácticas sociales que lo rodean van mucho más allá de simplemente alimentarse. Comer no es solo un acto biológico; es una ceremonia cultural. La mesa se convierte en un lugar de encuentro, conversación, celebración y también jerarquía. Compartir una comida es uno de los rituales más universales de la humanidad. El tenedor, junto con el resto de la vajilla, forma parte del escenario de ese ritual. En las culturas occidentales, la disposición de los cubiertos, el orden en que se usan, e incluso su calidad y material, comunican mucho sobre el contexto social en el que estamos. No es lo mismo una comida familiar un domingo que una cena de negocios o un banquete de bodas.

 

4. El tenedor a través del tiempo y la cultura

Como iniciaba el anterior punto, donde describía el objeto, dejaba claro que el tenedor es un objeto que apenas necesita presentación, pero es precisamente en esta aparente simplicidad donde encontramos su riqueza (siempre, menos es más en el diseño), ya que pequeñas variaciones en su forma nos hablan de contextos culturales y sociales muy distintos. Por ejemplo, no es lo mismo un tenedor de fondue, largo y con dos púas para pinchar sin quemarse, que uno de postre, más pequeño y delicado, o el de ensalada, más ancho y robusto. Cada variación responde a una práctica social concreta, y su diseño lo refleja.

A nivel simbólico, el tenedor siempre ha sido un marcador de distinción. Como comentaba en la introducción, históricamente su material lo decía todo de él: por ejemplo, el oro y la plata eran exclusivos de la nobleza, mientras la plebe comía con las manos o con utensilios de madera. Con la industrialización llegó el acero inoxidable, un material al alcance de todos, pero que también hizo desaparecer parte de ese valor simbólico, que de cierta manera ordenaba las clases sociales. En la actualidad, paradójicamente estamos volviendo a materiales nobles como el titanio o el acero de alta gama, que recuperan esa función de distinción en un mercado donde el diseño y la calidad vuelven a ser un signo de estatus. 

La evolución de sus materiales también refleja los valores de cada época. Como apuntaba antes, durante el boom del plástico el tenedor desechable fue el símbolo de la modernidad y la comodidad. Hoy ese mismo objeto nos genera rechazo, y su reducción es un reflejo de una conciencia medioambiental que ha cambiado nuestra relación con los objetos cotidianos. Y como también apuntaba, esto nos ha llevado de vuelta a la madera, aunque en mi etapa actual, como he explicado en el apartado anterior, incluso ese material se cuestiona por su porosidad y la acumulación de bacterias. El tenedor, en definitiva, es un termómetro de los valores de cada momento histórico.

Y luego está la dimensión intercultural, que quizás es la más fascinante. En Asia, los palillos no son solo un utensilio alternativo, son una extensión de la cultura, la historia y la identidad de sus pueblos. En la India o en el mundo árabe, comer con las manos no es una falta de refinamiento sino todo lo contrario: una conexión directa y espiritual con el alimento, algo que ya mencionaba brevemente en la introducción y que merece ser subrayado aquí. Desde nuestra perspectiva occidental puede sorprender, pero dice mucho de cómo cada cultura construye sus propios rituales en torno a algo tan universal como alimentarse. El tenedor, en este sentido, no es más que una solución cultural entre muchas posibles.

 

tipos de tenedores

Tipos de tenedores

 

5. Diseño, antropología y cultura

Después de analizar el tenedor desde su historia, sus materiales, sus usos y mis propias experiencias con él, resulta evidente que no es solo un utensilio funcional. Es un objeto profundamente cultural. Y es precisamente en ese punto donde se cruzan el diseño y la antropología.

Si miramos el tenedor desde la antropología, lo situamos en su contexto histórico y social. Nos preguntamos quién lo utilizaba, qué material tenía, qué estatus representaba y cómo organizaba las relaciones en la mesa. Entendemos que no siempre fue un objeto cotidiano, que durante siglos fue símbolo de distinción y que todavía hoy su forma de uso varía según la cultura. La antropología observa, interpreta y contextualiza. Se mueve entre el pasado y el presente para comprender cómo hemos construido estos significados.

Desde el diseño, en cambio, la mirada cambia. No solo analizamos lo que el tenedor ha sido, sino lo que puede llegar a ser. Como señala Ton Otto, «el diseño no se limita a analizar situaciones existentes, sino que propone transformaciones mediante la creación de nuevas posibilidades». El diseño actúa, interviene y proyecta hacia el futuro. Si hoy cuestionamos los materiales por motivos medioambientales o replanteamos su ergonomía, estamos diseñando desde esa anticipación. No partimos de certezas absolutas, sino que trabajamos con hipótesis, pruebas y ajustes. El error forma parte del proceso.

«La antropología nos permite entender de dónde viene el tenedor y qué significados ha acumulado. El diseño, en cambio, nos permite preguntarnos hacia dónde puede ir.»

A partir de los años setenta, tal como cita Otto, los diseñadores comenzaron a reconocer el valor de los datos etnográficos para comprender mejor las necesidades reales de las personas. En el caso del tenedor, esto significa entender no solo cómo se usa, sino qué representa, qué rituales transmite y qué valores incorpora. Diseñar sin tener en cuenta esa dimensión cultural sería reducirlo a pura función.

Si comparamos los roles, también encontramos diferencias. El antropólogo adopta una posición horizontal frente a las comunidades que estudia. El diseñador, especialmente en enfoques contemporáneos, trabaja desde la colaboración y la co-creación. Diseñamos para la gente y creamos con la gente. Para ello es imprescindible comprender sus prácticas y su contexto, es decir, su cultura.

La cultura se comparte, se adapta y se integra hasta parecer natural. El uso del tenedor nos resulta casi instintivo, pero en realidad es una construcción cultural aprendida. En otras sociedades, como ya he mencionado, se utilizan palillos o directamente las manos, y eso no implica mayor o menor refinamiento, sino otra forma de entender la relación con la comida. El objeto, por tanto, no es neutro.

Esto se observa claramente en proyectos como «Cross Cultural Chairs Launching», donde una misma tipología adopta significados distintos según el contexto cultural. Lo mismo ocurre con el tenedor. Su forma puede parecer universal, pero sus valores y usos no lo son. Los objetos portan información sobre las sociedades que los producen y los utilizan.

Esta misma lógica se aplica al «service design». Un servicio, como un objeto, solo funciona de verdad cuando es coherente con la cultura de quienes lo usan. Diseñar ignorando ese contexto, ya sea un tenedor o una experiencia de usuario, es diseñar a medias.

En conclusión, la antropología nos permite entender de dónde viene el tenedor y qué significados ha acumulado. El diseño, en cambio, nos permite preguntarnos hacia dónde puede ir. Ambos campos se encuentran en la cultura, que no es un añadido al diseño, sino su punto de partida.

El tenedor ha resultado ser mucho más que un utensilio: un marcador de estatus, un termómetro cultural, un objeto con siglos de historia detrás. ¿Os ha sorprendido algo de lo que habéis leído? ¿Y vosotros, qué objeto habéis escogido y qué os ha revelado sobre vuestra propia cultura? Abro el debate, me muero de curiosidad por descubrir vuestras elecciones.

 

6. Referencias 

Práctica 2 intergeneracionalidad y juego: Panel de síntesis

Silla DUO

Hola a todos,

En esta entrada presento el resultado final de la Práctica 2, centrada en el rediseño de un objeto cotidiano desde una perspectiva intergeneracional, ergonómica y lúdica. Para ello tomé como punto de partida la silla infantil KRITTER de IKEA, observando sus usos reales en el entorno doméstico y analizando sus limitaciones en contextos de interacción compartida entre niños, adultos y personas mayores.

A partir de esta investigación, desarrollé DUO, una silla modular y multifuncional diseñada para adaptarse a distintas edades, cuerpos y momentos de juego. En el panel de síntesis muestro cómo evolucionó la propuesta, cómo resolví aspectos ergonómicos clave mediante un sistema de apilado magnético y cómo el prototipo me permitió detectar mejoras en seguridad y estabilidad.

La práctica me ha permitido profundizar en el diseño centrado en las personas, repensando un objeto simple para convertirlo en una herramienta de encuentro, convivencia y juego compartido.

Os adjunto el proyecto completo, por si alguien quiere saber más de este rediseño.

Vídeo presentación – Práctica 1: Intergeneracionalidad y juego

En este vídeo presento el resultado final de la maqueta que he realizado para la Práctica 1, centrada en rediseñar un acceso escolar inseguro desde una mirada intergeneracional y lúdica. El proyecto parte de la observación directa del entorno y del comportamiento de las personas, especialmente familias con niños, durante los horarios de entrada y salida del colegio.

A lo largo del vídeo muestro cómo la maqueta me ha ayudado a entender mejor la escena, detectar los principales conflictos de uso y representar de forma clara una propuesta de rediseño más accesible, segura y divertida. También hago una pequeña reflexión autocrítica sobre el proceso, los retos que me encontré y cómo fui resolviéndolos.

Para quienes quieran profundizar más en el proyecto, adjunto el informe completo con todo el desarrollo del trabajo, desde la observación inicial hasta la propuesta final.